A veces hay cosas que salen mal... Y para prueba, yo. Nunca pensé que me tocaría escribir un post como éste.
Me gustaría empezar diciendo que conozco a varias novias que han lucido maravillosos vestidos de
Novelle, y todas ellas estaban guapísimas, con sus vestidos blancos bien encajados al cuerpo. Pero conmigo, no acertaron.
Confíe en
Novelle. Tanto, que incluso vestí a mis sobrinos de esta firma, y no me cuesta admitir que los cuatro estaban espectacularmente guapos.
Mi vestido de novia no era un vestido comprado tal cual, sino que me lo hicieron a medida, por lo que tuve que acudir a infinidad de pruebas. Dicen que esto ayuda a que la modista conozca tus gustos, observe si bajas de peso durante el proceso, te sugiera cambios o modificaciones...
Yo siempre sentí que la diseñadora de
Novelle no acababa de entenderme aunque, viéndolo con perspectiva, pienso que es muy posible que en lugar de no comprender, quizá lo que no tenía era ganas de trabajar. Así lo suelto porque es lo que pienso y sí, aún me dura el cabreo...
Ésta es la triste historia de mi vestido de novia, y de cómo el exceso de tela arruinó el día de mi boda.
Quince días antes del enlace, fui a una de las muchas pruebas y noté que el vestido me quedaba flojo. Recuerdo que me puse contenta al saber que había adelgazado algo, pues eso siempre levanta un poco el ánimo de cualquiera, pero más el de una novia a pocos días de casarse. Aunque la modista no estaba muy de acuerdo, le pedí que me lo metiera, a lo que me contestó "¿seguro?". Lo recuerdo perfectamente porque a mí, que estaba tan happy de haber bajado un poquito, me sentó fatal que dijera aquello, ¡¿es que no se me notaba?!
(Algunas novias estamos muy sensibles los días previos y si alguien no acierta con la respuesta nos convertimos en alien, es lo que hay, y si trabajas vendiendo vestidos de novia deberías saberlo, leñe...). Insistí en que me lo metiera (¡tuve que insistir!) y quedamos en eso.
Una semana después fui a recoger el vestido con el que diría "sí, quiero" siete días después. Desgraciadamente, cometí una novatada de novia primeriza y no me lo probé. Así es como empezó mi calvario.
El día de mi boda, como casi todas, fui a vestirme a casa de mi madre. Recuerdo la sensación que tuve al ver mi vestido blanco colgado, los zapatos rosa palo preparados sobre la caja, y el cancán de plumeti en una percha.
Estaba tranquila, poniéndome las medias con cuidado, pues mis credenciales me advierten de la facilidad que tengo para hacer carreras, cuando mi sobrina apareció de pronto. Estaba preciosa con su falda de tul y su corona de flores. Fue ella quien me ayudó con el cancán y la cremallera del vestido. Cuando acabó de abrocharlo, no me lo creía. No podía ser verdad: el vestido me quedaba grande.
Imagínate tú el día de tu boda, frente al espejo, a diez minutos de salir de casa y con un vestido que no te sienta bien. No te encaja el pecho, la cintura te baila, y te lo pisas porque te queda largo. Incluso hasta las mangas parecían más largas que en la última prueba... Llamé a mi madre pero ella y sus nervios no hacían caso, llamé a mi hermana que tardó una eternidad en llegar (me parecieron horas), llamé hasta a la virgen María pidiendo socorro.
Cuando mi hermana acudió a ver qué diantres pasaba, observó que la cintura de mi vestido estaba llena de alfileres. Sí, de hecho se pinchó el dedo. Al quitarlos, el vestido me quedó aún más flojo y vi en el espejo cómo mi cintura desaparecía para convertirse en un tronco. Le rogué que los volviera a poner, pero no había tiempo. Llegó la hora de salir de casa. Yo, la novia, con cinco centímetros más de cintura, balanceándose la gasa de lado a lado, pisándome el vestido a cada paso, y enseñando sujetador cada vez que me agachaba. Aún así, con una sonrisa de oreja a oreja, es lo que tiene la adrenalina...
Caminito al altar lo pasé fatal. Me sentía incómoda e insegura, y mi único objetivo era llegar a la alfombra, en donde estaba esperándome Carlos, sin caerme en mitad del jardín. Le pedí a mi padre que me agarrara fuerte del brazo e intenté andar como pude, dando pequeñas patadas al vestido. Aquello no podía estar pasándome...
Tela sobrante en el bajo...
Tras la ceremonia, llegaron los besos y abrazos de la gente. Y allí estaba yo, con cara de circunstancias, incapaz de poder pensar en otra cosa que no fuera en aquel maldito vestido holgado. Estaba incomodísima. La inseguridad me invadía por completo y era consciente de que aquello no podía arruinar mi día, pero me costaba tanto caminar sin hacerme un lío con tanta tela sobrante... que era imposible estar contenta. No supe gestionar todo aquello.
Mi mano derecha sujetando hacía arriba el vestido...
Dicen la mayoría de novias, que da muchísima pena que se acabe el día de la boda y llegue el momento de quitarse el vestido más especial de tu vida. Para mí, fue una liberación.
Durante la Luna de miel, estuve triste prácticamente todo el viaje, maldiciendo mi mala suerte, asimilando lo que había pasado, llorando de rabia cada vez que alguien me enviaba una foto por el móvil. Vale, para muchas será una tontería, ¡pero es que yo tengo un blog de BODAS! Recuerdo que Carlos intentaba animarme, incluso llegó a decirme que si hacía falta nos volvíamos a vestir de novios para hacernos otro reportaje fotográfico. Cómo para no quererle...
Sé que algunas me tacharéis de exagerada. Pero, aunque a priori pueda parecer que no es para tanto, que se trata tan solo de un vestido, no es así. Se trata de recuerdos, de imágenes para toda la vida, de sentirte bien o mal el día de tu boda. Se trata de sentimientos. Y para quiénes intentan consolarme diciendo que no se notaba, de poco me sirve, pues con que yo lo notara bastó para sentirme triste.
Ahora tengo un vestido grande al que odio, un recuerdo agridulce del día de mi boda, y muy poquitas fotos en las que salgo bien. En casi todas aparezco con una bolsa en la tripa que parece que lleve un niño dentro (he prohibido a mi familia enseñar cualquier foto en la que aparezco de perfil), en muchas se me ve el sujetador (en las que estoy un pelín agachada casi hasta el ombligo). En otras aparezco pisándome el vestido, mirando hacia abajo para no caerme, o con cara de enfadada... Y por supuesto, arrugas por todos lados y esos 5 centímetros de más en mi cintura. Es por eso, que en el blog siempre os enseño las fotos en las que aparezco de espaldas...
He dudado mucho en publicar este post pero, finalmente, he decidido sacar la verdad a la luz, porque no quiero que ninguna novia pase por eso. Porque ese día debes sentirte la mujer más guapa y feliz del mundo, y jamás una novia a la que parece que le hayan prestado el vestido.
Cuando me puse en contacto con
Novelle para pedir explicaciones, se quedaron patidifusas. Me aseguraron que ellas me metieron el vestido, tal y como habíamos acordado. Cuando pregunté por los alfileres, dijeron que debieron dejarlos por despiste. ¿Y el pecho? ¿Y el largo? La única explicación que pudieron ofrecerme fue decir que, probablemente, yo había adelgazado mucho en la última semana y eso hizo que toda la tela cayera hacía abajo. Vamos, que toda la culpa recayó en mí.
¡Ojalá fuera de ésas que adelgazan así de fácil! Desgraciadamente, me cuesta mucho más desprenderme de los kilos... Pero por no meterme en líos, así se quedó la cosa, pues poco se podía hacer por solucionar el desastre. Aunque, si os soy sincera, no esperaba tanta indiferencia por su parte. Qué cómodo echarle la culpa a la novia diciéndole que ha adelgazado en siete días...
Así que, si vas a casarte en breve, te aconsejo que no dudes en probarte el vestido tres días antes de la boda, aunque la modista te diga que no hace falta. No te dejes convencer y, en caso de ser necesario, ponte pesada. Porque nadie más que tú sabrá cómo te sienta, ni lo que quieres, ni cómo lo quieres. No permitas que nadie arruine tu día, ni tus fotos, ni tu recuerdo.
Si volviera atrás para casarme, escogería una modista con muchísima experiencia, que supiera sólo con verte si has adelgazo o no, que comprobara cada detalle, que se asegurara que el vestido te siente bien, y que no fuera tan despistada de dejarse alfileres en la cintura.
Sé que existen muchísimas novias que han lucido muy guapas con vestidos de
Novelle, incluidos mis sobrinos, repito. Pero a mí me amargaron la boda, y por eso y porque además de estropear mi día, mi álbum de fotos y mis recuerdos, no supieron arreglar el mal cometido, jamás volvería a casarme con
Novelle. Porque desgraciadamente hay despistes que no se pueden perdonar.